¿Nadie tiene la sensación de que es imposible que tantas herramientas que prometen una IA gratuita, infalible y perfecta, y tantos «expertos» que planean, diseñan, construyen y ejecutan aplicaciones, sean fiables? ¿Nadie tiene la sensación de que estamos ante la solución «curalotodo», el famoso elixir de los charlatanes de las viejas películas del Oeste, que igual curaba un dolor de muelas que la caída del pelo? ¿Que nos están avasallando y que, al final, nos vamos a quedar «como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando»?
Yo sí la tengo. Mi opinión es que el elixir del doctor Feelgood funcionaba porque tenía algo de verdad: llevaba alcohol y algo de opio, así que aliviaba un rato el dolor de muelas, el suficiente para desaparecer antes de que lo pillaran. Con la IA pasa algo parecido. Creo que hace cosas que están bien, como resumir, redactar borradores o ayudar a programar. Pero lo que me intentan vender a su alrededor me «mosquea» bastante. Eso de «infalible», «gratis», «sin necesidad de saber», «tu negocio en piloto automático». Esa parte no me cuadra, y por varias razones.
No digo que no haya profesionales contrastados, eficientes y conocedores del negocio, pero todavía queda mucho camino por recorrer.
Cada vez que leo que existe, o aparece, una inteligencia artificial gratuita, infalible y capaz de construir su negocio mientras usted duerme, me pongo en guardia y no puedo evitar acordarme de este caso, que viví en primera persona.
Ford España, 1991
Por una norma legal, en concreto la Ley 18/1991, de 6 de junio, del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, que obligaba a las empresas a computar los «pagos en especie» como rendimientos sujetos a IRPF, tuve que diseñar un sistema para controlar y gestionar esa norma, de forma que las percepciones afectadas se incluyeran en la nómina de cada empleado.
Antes de escribir una sola línea de código me reuní con el personal de nóminas, con los sindicatos, con Recursos Humanos y con los abogados de la empresa. No fue una reunión de horas: fueron días y días. No coincidían entre ellos en la interpretación de la ley, y fue necesario negociar cada criterio. Incluso hubo que hablar con la Agencia Tributaria. Cuando por fin hubo acuerdo y la aplicación estaba casi terminada, todavía tuve que incorporar cambios, y después más cambios.
Ahora, desde la distancia, pienso que escribir el código fue lo más sencillo del proyecto.
Esto me lleva a preguntarme: ¿qué aplicación usaría hoy? ¿Cómo se abordaría el tema para que la IA acortara tiempos y costes?
Recuerdo y expongo este caso porque es justo lo que no se ve en las demostraciones de hoy. Echo en falta casos similares, y ver cómo los resuelve la IA.
Ni gratis ni infalible
A mí me importa poco que haya aplicaciones «gratis», aunque gratis no hay nada. Esto funciona con un esquema archiconocido desde hace años, el del burro y la zanahoria: primero se regala y, cuando ya te han echado el guante, a pagar.
O aplicaciones «infalibles». De eso nada: estos modelos se equivocan como los jugadores de póker, sin mover un músculo. Si no saben algo, inventan citas y referencias con el mismo aplomo con que dicen algo cierto. Y el error no avisa.
A mí me importa cómo se aplica la IA donde le duele a la empresa. Afortunadamente, hay gente seria que usa la IA como herramienta y sabe dónde acierta y también dónde falla.
Pero, desgraciadamente, también hay mucha gente tratando de vender una demo de cinco minutos que nos muestra un mundo feliz y oculta lo realmente importante: con quién hay que ponerse de acuerdo antes de empezar, qué pasa cuando cambian las reglas, quién va a mantener los procesos y quién sabrá qué hacer cuando algo se rompa a las tres de la madrugada.
Concluyo apuntando que una herramienta puede escribir muy deprisa la aplicación que le describen. Lo que no puede es saber que le han descrito algo totalmente equivocado. Para eso están los verdaderos profesionales.



